“Haz todo esto y tendrás vida eterna.”
Por Marco Rubio (marco@rubio.as)
En esta ciudad cada cierto tiempo se lleva a cabo una exposición llamada “Expo Ayuda”. En ella se congregan la mayoría de las Organizaciones de la Sociedad Civil (OSCs), principalmente para invitar a la gente a participar con ellas. En el directorio del Consejo de Desarrollo Social de Nuevo León, quien organiza esta exposición, hay más de 600 OSCs inscritas.
Al visitar y conocer los stands de los participantes de la “Expo Ayuda”, me di cuenta de que la cantidad de personas que vivían situaciones de carencia e inhumanidad crecían exponencialmente a cada pasillo que avanzaba. A pesar de lo que dicen los titulares de las noticias, actualmente en este país mucha gente vive en condiciones muy precarias. Aunque muchas de esas personas no estén enfrentando un ambiente de pobreza o pobreza extrema, la mayoría de ellas es gente con necesidades extraordinarias o especiales.
Platicando con uno de los expositores mencioné lo difícil que podría ser para ellos reunir fondos para dar continuidad a sus proyectos. Sin embargo, él me corrigió diciendo: “Muchas veces para nosotros es más fácil conseguir dinero, que conseguir manos dispuestas a ayudar.”
La primera vez que llegué a mi actual iglesia las reuniones se hacían en una casa antigua que había sido rentada y acondicionada para ello. Los servicios religiosos se hacían afuera, en el patio de aquella casa. Y aunque algunas veces usábamos una manta como techo, regularmente celebrábamos a la intemperie.
Actualmente contamos con un edificio propio y lo hemos transformado en un templo formal (con techo) y hemos introducido importantes avances tecnológicos para ofrecer una iglesia con servicios de adoración adecuados para el siglo 21.
Quienes no han visto de cerca su proceso de crecimiento y transformación se sorprenden al ver todo lo que hemos hecho en tan poco tiempo y regularmente preguntan: “¿Cómo es posible que hayan logrado construir este tipo de iglesia en un país tercermundista?” Y a mi me gusta responder con humor: “Siempre que tenemos un nuevo proyecto decimos, ‘bueno, por dinero no se preocupen, porque no hay... así es que concentrémonos simplemente en hacer que las cosas sucedan’. Si nos hubiésemos detenido por el asunto del dinero, nunca habríamos hecho nada.”
Muchas veces como Cristianos creemos que con solo dar dinero a alguna organización o para alguna buena causa estamos ayudando al prójimo. Esto es verdad. Pero es mucha más verdad que más allá del dinero que podamos dar, importante es darnos a nosotros mismos.
Puede ser muy cómodo estar en nuestra oficina o nuestra casa y motivados por algún tele maratón o campaña publicitaria, levantar el teléfono y con la tarjeta de crédito en la mano hacer una espléndida y muy generosa donación. Sin embargo de nada sirve ese dinero si no hay las suficientes manos que lo hagan llegar a su destino final.
Para amar a nuestro prójimo es necesario salir de nuestro ambiente de confort, ir a su encuentro y solidarizarnos con él. Reconocerlo en la imagen de quien camina a nuestro lado, en el rostro de los desempleados, en las magulladuras de los maltratados, en el hambre de los pobres y en la soledad de los que sufren el desamor y el rechazo.
La vivencia de la solidaridad no puede quedarse como un número escrito en el talonario de la chequera, sino en los callos de nuestras manos por el esfuerzo realizado al intentar crear el Reino de Dios, en el aquí y el ahora.
El verdadero amor al prójimo se manifiesta con obras, no simplemente con buenas razones.
ESCRITURAS
Lucas 10:25-37
Nueva Versión Internacional
En esto se presentó un experto en la ley y, para poner a prueba a Jesús, le hizo esta pregunta: --Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?
Jesús replicó: --¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo la interpretas tú?
Como respuesta el hombre citó: --Áma al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo.
--Bien contestado --le dijo Jesús--. Haz eso y vivirás.
Pero él quería justificarse, así que le preguntó a Jesús: --¿Y quién es mi prójimo?
Jesús respondió: --Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de unos ladrones. Le quitaron la ropa, lo golpearon y se fueron, dejándolo medio muerto.
Resulta que viajaba por el mismo camino un sacerdote quien, al verlo, se desvió y siguió de largo.
Así también llegó a aquel lugar un levita, y al verlo, se desvió y siguió de largo.
Pero un samaritano que iba de viaje llegó a donde estaba el hombre y, viéndolo, se compadeció de él.
Se acercó, le curó las heridas con vino y aceite, y se las vendó. Luego lo montó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un alojamiento y lo cuidó.
Al día siguiente, sacó dos monedas de plata* y se las dio al dueño del alojamiento. 'Cuídemelo --le dijo--, y lo que gaste usted de más, se lo pagaré cuando yo vuelva.'
¿Cuál de estos tres piensas que demostró ser el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?
--El que se compadeció de él --contestó el experto en la ley. --Anda entonces y haz tú lo mismo --concluyó Jesús.
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